
“Ara Mateix”
Ahora mismo enhebro esta aguja con el hilo de un propósito que no digo y me pongo a remendar.
El vuelo del moscardón en mi cabeza: ¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Por dónde empezar?
Compás de compasillo, extracto a capella.
No digo que yo me anticipara a nada, ni al reloj ni a la historia, pero sí es cierto que sentí, escribí y manifesté, de viva voz, aquel arrebato, aquel revulsivo, aquel hartazgo; sueños truncados, antiguos enconos, reiteradas decepciones… Días contantes y sonantes de paciencia en la refriega fueron creciendo, acumulándose, concatenándose en los diferentes ámbitos y estratos/recovecos de la minusociedad. Y parecía entonces, no solo necesario, sino posible, un asalto -entiéndase- civilizatorio a las instituciones, fuentes identificadas de aquel deterioro, causantes del desapego político, de la generalizada sensación de abandono, objeto a su vez de tan graves/cansinas disfuncionalidades. Fijémonos, al revoque de todo aquello, en este paisaje de ahora, el amargo reflujo que nos ha quedado; no es de otro calado y, sí, aún más depravado contexto.
El problema -excuso el relato, harto recurrente- es que aquel intento popular quedó en puro escuchimizado populismo y no en un republicanismo responsable (tan deseado). El populismo, diría cualquier kantiano/weberiano/avezado contertulio, sin el principio de realidad, que implica asimismo el de responsabilidad, queda reducido a mero fútil retracto de placer, para el que todo resulta fungible. Consiguientemente aquel movimiento acabó en estrepitoso fracaso, malográndose la magnífica oportunidad de regeneración democrática que manifiestamente auspiciaba aquella sublevación y que tan coralmente demandábamos.
Para que aquella extraordinaria movilización hubiese tenido alguna posibilidad de éxito, tendría que haber creído/confiado/conocido debidamente el calado de las instituciones, su intangibilidad, si las comparamos, por ejemplo con Vallecas o con Badalona. No es fácil transformarlas desde fuera, cuando teóricamente se nos antojan más apetecibles, hay que hacerlo desde dentro, cuando todo resulta tan vertiginoso y cuesta tanto sostener el pulso; precisamente ahí es donde se ponen a prueba las contradicciones de los bienintencionados aspirantes. Sin superar este requisito difícilmente podrá consolidarse ninguna apuesta de mediana aspiración democrática. El principio de realidad y el principio de responsabilidad; ambos desgraciadamente ausentes en esta aún reciente experiencia que terminó de manera tan ‘vaporosa’ como decepcionante. Todavía causan desazón y bochorno algunas declaraciones que han ido dejando como corolario de sus hazañas algunos de sus principales adalides, que se revelaron a primeras de cambio como meros surfistas sin recato, con excesiva egolatría e ilimitado narcisismo. Aún hoy arrastramos el espoleo psicológico de aquella inmerecida resaca.
Sí, fue en el Ateneo donde leí aquel manifiesto HUF! -acrónimo de Humana Ferocidad- con el que quería reflejar no solo el hartazgo, sino la necesidad de retomar la conciencia de lo que somos. Y esto tiene que ver evidentemente con la Naturaleza, la Madre Naturaleza, a la que pertenecemos. Parece que lo hemos ido olvidando en la despiadada/desenfrenada vorágine consumista a la que nos incita la brutal aceleración productiva del Sistema.
Resuena el reloj de la historia en la lejanía. “¡Ocupa tu lugar!” -ingenuamente exhortaba- “Eso ayudará a que cada cual ocupe el suyo”.
Debería precisar que este manifiesto lo escribí en el contexto de La Carta Malacitana, iniciativa que concebí ante la preocupante realidad que percibía respecto a lo que yo interpretaba como abandono del pensamiento, la ausencia del debate de ideas; no solo en el ambiente cultural en el que por entonces me desenvolvía. No sé si muy acertadamente se me ocurrió la posibilidad de asociarlo a la gastronomía, a la comensalidad, a la cultura alimentaria, pues es en la mesa donde cotidianamente nos encontramos con la familia, con los amigos, los socios, los amantes... Momento propicio para poner en común nuestras inquietudes y anhelos, preguntarnos -sobre el mantel- por el verdadero significado de estos encuentros; comer juntos e ir entrando, bocado a bocado, trago a trago, en una entrañable conversación. Lo obvio, lo inmediato, lo cotidiano -se me ocurrió- podía ser reveladoramente revolucionario.
La primera ponencia giraría, entonces, en torno a “pensar la comida, pensar el mundo”. Tal vez a mi proyecto, lo he lamentado después, le faltó una liturgia, un ritual que recordara el propósito, que garantizara que la conversación fuera al interés social y a la conciencia, con rigurosa cotidianeidad. Yo-y-nosotros allí juntos en un ambiente de confianza y lealtad. El brindis sellaría el compromiso de esa liturgia. ¿Es la mesa una utopía? Durante la comida hablamos de los problemas personales, del colegio, del trabajo, de la cesta de la compra, del peligroso safari del mercado, del comercio internacional, de las tiendas del barrio. La procedencia de los productos que compramos; qué suponen para nuestra alimentación, qué representan esos platos en referencia a nuestra tradición, a nuestro patrimonio, qué suponen para nuestro bolsillo. En fin, doy por suficientes estos breves apuntes para ilustrar mi tendencia al vuelo sin motor y el intrépido fragor que tuvo la referida campaña. No obstante, La Carta Malacitana existe y sigue su camino bajo la dirección de gente sabia y digna, que goza de gran reconocimiento y respeto por mi parte.
Aunque ahora esté preferentemente ocupado en mi proyecto literario, nunca he abandonado este compromiso social y cultural, político en definitiva.
Me preocupa, claro, mi autonomía, mi individualidad, que no me es posible concebir sin mi conciencia social. Y me exijo fiel adscripción a ese trípode ético al que más de una vez he hecho referencia: pensar por uno mismo, actuar en consecuencia y ponerse en el lugar del otro.
Me preocupa lo que está ocurriendo en nuestra sociedad y lo que está ocurriendo en el mundo. ¿Podría un escritor no reparar en este abominable/tenebroso esperpento? Cualquier persona, cualquier ciudadano ha de sentirse concernido por la gravedad de lo que sucede. Parece que se hubieran alineado los astros para propiciar una catástrofe ‘definitiva’. Algunos ya divisan en la cima del monte Coronado las siluetas de los jinetes apocalípticos, aunque solo son espantajos publicitarios.
Las Redes Sociales, que nacieron para compartir conocimiento, se han convertido en el medio perfecto para explayar esta conspiración deshumanizadora. El pensamiento tergiversado, empobrecido, simplificado, el consumo voraz, la endemoniada aceleración productiva. Drones conceptuales generados por máquinas que hacen estallar toda lógica humana y civilizatoria.
Es evidente que estamos asistiendo al principio del fin, el primer capítulo de la última novela; coinciden en este pronóstico sesudos analistas, a quienes cedemos la responsable extensión de un análisis más enjundioso.
Nunca he sido pesimista; abrigo esperanzas, siempre que no nos demoremos demasiado en hacer algo para revertir este desafío catastrofista.
Por mi parte, sostengo que ahora preferentemente se trataría, aludiendo a nuestro país, de exigirnos respeto y decencia más que de un estricto debate ideológico de izquierdas y derechas.
Desde el humanismo más abierto y generoso hemos de encontrarnos para poner freno a este macabro plan exterminador de derechos y libertades; bien documentados, con argumentos serios, con rigor informativo, con sosiego y respeto. Gestionar el disenso es la labor que hace virtuosa a una democracia. Ahí debemos estar todos los ciudadanos.
Merece la pena luchar para reinstalar la verdad en el corazón de la política, en el corazón de la ciudad, en el corazón de los ciudadanos. No es cuestión de buenismo, sino de sana convivencia, de salud democrática.
Intersección es un planteamiento que barajé cuando comencé a sufrir en mis carnes las turbulencias aparentemente irreconciliables que nos traía la polarización. La misma realidad percibida antagónicamente por dos individuos de una misma familia, por dos amigos, por dos hermanos. Todos reprochándonos recíprocamente la responsabilidad de la situación, cada día más exasperante e irreconciliable.
Qué intersección es la pertinente en razón dialéctica en esta real, aunque inventada, sociología de conjuntos. Demócratas decentes, sería mi respuesta. No es momento -creo- para confrontar ideologías cargadas de grumo y escasa virtud. Nuevamente se trata de hablar, de elevar el pensamiento, ejercitarlo, al menos. Pensar lo que somos. Usar la palabra es el ejercicio básico que nos humaniza. Conversar. Comer en compañía. Escuchar al otro.
Un juego de apelaciones a la responsabilidad individual de los ciudadanos (“el ciudadano debe comportarse con la diligencia de un bonus paterfamilias”, heredamos del Derecho civil romano) y a la responsabilidad de partidos e instituciones (no solo las instituciones del Estado), para que entre todos creemos las condiciones de un necesario debate. Si los ciudadanos hemos de creer en las instituciones, también las instituciones deben tener confianza, estar abiertas a la ciudadanía.
No voy a esconder aquí mi ideología; rechazo la falsa, fraudulenta equidistancia. Hay que ser honestos y declarar la posición ideológica o de intereses de cada cual. Ayudará a entendernos, sin máscaras, sin ocultamiento de lo que verdaderamente somos.
No hay que huir del mundo, sino afrontarlo con grandeza. Aceptemos de buen grado la incomodidad que pueden causarnos los que no opinan como nosotros. No es malo incomodar si en el debate está en juego el interés general. Más que hablar entre nosotros, hablar con los otros. Colores distintos, me refiero. Buscar el cromatismo, nuestra rica diversidad, y rechazar la castrante uniformidad supremacista.
Quienes nos dedicamos al arte, a la literatura, al pensamiento, tal vez estemos doblemente convocados a este debate. No a esperar que nos llamen, quiero decir, sino a un sereno y co-responsable grado de proactividad; cada cual el suyo y en su lugar.
El mundo está en llamas. Locos, matones y fantoches intentan humillarnos, chantajearnos, amedrentarnos. ¿Quién puede decir que esto no va con él, que no se siente concernido?
Podemos generar entre todos una energía creciente que vaya involucrándonos en sincera confianza. “El espíritu de la confianza es la forma de la solidaridad entre los seres humanos. Confianza justificada, no meramente ideológica.”
Romper la prohibición de hablar de política en familia por miedo a la controversia, cuando precisamente esta es la riqueza. Renunciar a la palabra, a la conversación es tomar la deriva del fracaso.
Los principios que reclaman una nueva ilustración se basan en la cooperación en lugar de la competencia, la autoconcepción de la propia vida, acompañada de una cosmovisión y la libertad social, que requiere la presencia del otro. La capacidad de ayudar, crear una cadena de ayuda. (Formula Villacañas sabiamente)
La actitud no es esperar a que alguien nos lo resuelva todo. Haciendo bien nuestro trabajo, ya estamos contribuyendo a que mejore el mundo. Comenzar barriendo el escalón de nuestra casa. Eso sí está a nuestro alcance.
Abrir tertulias. Expandir la Intersección por las estructuras sociales existentes: organizaciones públicas y privadas, asociaciones ciudadanas, Ateneos, Universidad…
Si nos damos por vencidos, en dos o tres capítulos acabará la novela. Si resistimos, en el camino encontraremos la oportunidad de hacerle frente al ogro y conseguir que se hunda por su propio peso en las arenas movedizas del cuento.
Qué nos cabe hacer, en todo caso, a nosotros, sino conjugar el verbo de los seres humanos. ¿O taparnos los ojos con las manos para que el ogro desaparezca?
Ya he zurcido bastante por hoy. Ahora retomo el último verso del poema de Miquel Martí i Pol para recordarme …que tots està per fer i tot és possible.

CONGRESO INTERNACIONAL
María Zambrano y las escritoras del 27
Presentación de Antonio Colinas
Sin conocer los Tratados de Armonía -nos advierte Antonio Colinas- difícilmente podremos acceder a las claves esenciales de su obra. Su poesía, su dual singladura, su visión del mundo, no nos serán tan accesibles sin acercarnos a estos aforismos poemáticos; imprescindibles para conocer de primera mano sus intereses.
Las citas que abren esta obra, anticipan su credo, su poética, su modo de pensar. /
Vivir en sintonía con la Naturaleza -la puerta a la transcendencia- asumiendo la tarea poética, mística, de desentrañar, de desvelar cada símbolo de la verdadera existencia, la misión de encontrar la sacralidad del ser desde la sacralidad de la Naturaleza, en la búsqueda de la Armonía, entendida -según Blok- como el acuerdo entre las fuerzas del mundo y el orden de la vida del mundo.
Para Jung, mente y Naturaleza constituyen una realidad indivisible.
En La Bañeza, su tierra natal, “el noroeste de todos los olvidos”, están sus raíces vitales y creativas. Consciente de que, cuanto más profundas sean esas raíces, más intensa será la luz. Esfuérzate -dice Plotino- para elevar lo que de divino hay en nosotros hacia lo que de divino hay en el universo.
Ahí se inicia el camino, el doble camino vital y simbólico, físico e interior, en el que irá descubriendo la Naturaleza como manantial de conocimiento.
Ahí comienza ese viaje iniciático, emblemático, que le llevará hasta el río Jordán.
A través del diálogo con otros poetas y otras culturas irá consumándose su sincretismo universal, sin abandonar en ningún momento la senda de la Tradición -con ‘T’ mayúscula- como querrá precisar María Zambrano en la Entrevista que inician en Ginebra.
En su primera etapa pesó mucho la cultura, entendida como sinónimo de vida; esa cultura que le une a la estética “novísima” de comienzo de los 70, pero que también le irá distanciando de ella. Por eso, tal vez, se ha dicho que es un novísimo heterodoxo o un novísimo independiente que toma su propio camino conjugando tradición y vanguardia. Nos descubrirá el simbolismo de Machado, que busca en las palabras algo más que lo que dicen. Su inmersión en los clásicos, en la mística, en el sufismo, en el orientalismo. Sus preclaros maestros y su amistad con ellos cuando apenas contaba 18 años. Aleixandre, que influirá en su poesía y Zambrano, cuyo magisterio será determinante en su espiritualidad.
Amor, naturaleza, tiempo, el más allá, lo profano, lo sagrado, lo místico, el viaje...
Todo es reflejo de ese Algo. En cada cosa o lugar encuentra esa revelación: el monte, el puente, el río Tera, los castros de Petavonium, la nieve, el firmamento estrellado, la piedra (“esa energía callada”).
El canto XXXV de su libro Noche más allá de la noche, supone un antes y un después; el instante consciente, prodigioso, de respirar la luz:
“Inspirar, espirar, respirar: la fusión de contrarios, el círculo de perfecta consciencia”.
“A partir de ese momento, su concepción de la poesía -nos confiesa- estuvo más cerca de la meditación y de la vida”.
Para Colinas, la razón última de la creación poética es una razón órfica; necesidad de que la palabra se convierta en música, en un sonido que armonice el mundo.
La poesía es palabra nueva, revelación del misterio que llevamos dentro.
El poema ideal es aquel en el cual el poeta siente y piensa en igual medida. La marcha de un poeta en el tiempo es hacia pensar el poema; desde la emoción al pensamiento.
Y siempre a contracorriente, otra de las misiones que reivindica para la poesía.
Hoy, en su ponencia -“Para una tercera imagen de María Zambrano”- nos hablará no tanto de las Marías Zambrano prioritarias, la republicana y la filósofa-alumna de Ortega, como de aquella María, fiel al espíritu, que se nos desvela a través de sus epistolarios, sus entrevistas y, muy particularmente, desde el conocimiento directo, gracias a la amistad que compartieron.
En la Revista de Occidente, Colinas había escrito que “su mensaje aspira a ser la síntesis iluminada de un sentir y de un razonar y, a su vez, la actualización de cuanto -tantos y tan valiosos autores- han dicho antes, a lo largo del tiempo”.
“La oración va más allá de todo -dice Zambrano- puede atravesar las mismísimas esferas”.
Antonio Colinas. Un poeta arraigado y universal; un camino intenso, una obra exigente, profunda, luminosa… en constante búsqueda de la Armonía, una armonía que no solo se alcanza con la contemplación, con la meditación, sino con la sucesiva superación de pruebas, afrontando la dualidad que todo ser entraña, y en permanente batalla por la superación de los contrarios.
Poesía, narrativa, periodismo, ensayo, traducción, crítica literaria, biografías. Un trabajador de la palabra, como se considera a sí mismo. Colinas nos ofrece con su comprometida y extensísima obra -la poesía en todos los frentes- un territorio saludable y fértil.
Más que un hombre, se diría, una constelación humana. Vida y obra en paralelo en un viaje progresivo, de individuación, hacia el sincretismo universal; el viaje de la palabra hacia la brevedad y el silencio. Un hombre que nos habla desde su interior, desde su sabia humilitas. Un poeta metafísico, mistérico, humanista.
Dado lo ajustado del Programa y siguiendo las indicaciones de los Organizadores, excuso no detallar aquí su extensísima obra y sus numerosos premios y distinciones. Para ello les remito a la web del Congreso.
Antonio Colinas. Nos sentimos muy honrados, muy afortunados de tenerlo hoy aquí con nosotros.
Nuestra más fervorosa bienvenida.