Ciudadano EME
Crónica de un confinamiento
Lo primero que alteró el estado de alarma
y el inusitado confinamiento fue nuestros
desayunos. Se hicieron pausados e
interminables. No porque tomáramos muchos cafés (una taza más, si acaso), sino porque no parábamos de charlar, de platicar (practicar; de ahí viene, honorable palabra).

Inaugurábamos un tiempo inédito
El Partido Popular defiende, a comienzos de marzo, la fortaleza del sistema nacional de salud y hace llamamientos contra “el alarmismo”.
El secretario general de Vox aseguraría, mucho después, que advirtió de lo que venía, antes incluso de que la OMS lanzase su aviso a la comunidad internacional.
El origen del odio
La incomprensión es, a veces, el origen del odio. Cuando se desborda la capacidad de asimilación y resulta imposible integrar aquello en nuestras bodegas, se le ve como amenaza y se desata la animadversión.
Es interesante reseñar a Arno Gruen, psicólogo y psicoanalista, quien en su libro El origen del odio, “desafía la suposición popularizada por Freud de que los humanos tenemos una tendencia innata hacia la violencia y la destrucción. Gruen arguye que en la raíz de ese mal se encuentra el odio a uno mismo, una rabia que se origina en una au- totraición que comienza en la infancia, cuando la autonomía del yo se rinde a cambio del «amor» de quienes ejercen poder sobre nosotros. Amor o poder: estos son los polos opuestos de una elec- ción que todos los niños se ven obligados a hacer, desde muy temprano en la vida, en un drama que influye de manera profunda y duradera en la for- mación de la personalidad”.
Una personalidad no contaminada
Cabe pensar cómo hubiera sido el mundo sin in- fluencias.
¿Podemos imaginarnos la historia de la filosofía, por ejemplo, sin la cadena de influencias entre los diferentes filósofos? ¿Un Aristóteles ‘puro’? Sería sumamente interesante comenzar siempre de nuevo. Poner el contador a cero.
Pues sí. Platón, Sócrates, Demócrito, Pitágoras, Hipócrates, Epicuro, Heráclito, Empédocles de Agrigento, Eudoxo de Cnido, Espeusipo, Filipo de Opunte, Erasto, Corisco... Todos ellos, al menos, se cuentan entre los ‘influencers’ de Aristóteles.